Cartas sin marcar.

Imagen

“Con las alas de tu cartas, José, atravesé todos los cielos de América, contigo…”

Tengo el fiel propósito de compartir mi vida a través de las letras. Pasan y pasan las horas, los días, los meses y pareciera que no ha cambiado mucho mi existencia en el paso del tiempo. Pero cuando reencuentro un viejo amigo, ahí salen todas las cuestiones que por falta de tiempo no me detuve a apreciar: ¿Ya te casaste? ¿Cuántos años tiene tu hija? ¿Estuviste viviendo en otro país? ¿Por qué no me avisaste que murió fulanito…?

Tengo el fiel propósito de escribirle cartas a mis amistades lejanas. Tengo muchas, por supuesto. Muchas cartas sin mandar, quiero decir. Amistades lejanas ya no me quedan tantas. Porque no les escribí a tiempo. Ni ellos a mí. No sé dónde viven ni qué hacen. No sé ni siquiera si todavía les interesaría una carta mía. Honestamente no recuerdo bien a quién mandarle carta y a quién no. Estoy seguro que con más de uno terminó en enemistad, pero no tengo presentes los nombres. Se han ido olvidando. No recuerdo alguna razón por la que nos hayamos peleado. No estoy seguro si traicioné o fui traicionado por algún colega en medio de un pleito de faldas. No lo sé. Y tristemente, cada día que pasa me importa menos.

Pero aún quedan un par de amistades lejanas, es cierto. Me quedan algunas personas que sé que están esperando un correo mío, una visita o algo de mi parte. Así como yo espero alguna noticia de ellos, o un telegrama donde me escriban: “Gabo, estoy bien. Me acordé de ti a mitad de una canción. No tengo mucho dinero y me van a faltar palab…” Lo que sea que me escriban estará bien; y no me cansaré nunca de esperar, no con ellos.

Tengo el fiel propósito de poner al día a esas viejas amistades. No conocen personalmente a mi novia, ni a mi perro. Pero les dará gusto saber que alguien en este mundo es capaz de soportarme, y que soy afortunado de tener un perro adoptado. Les gustará saber que sigo vivo, con todo lo eso involucra: que he tenido buenas y malas rachas. También querrán saber qué planes tengo a mediano y largo plazo, por si podremos coincidir en alguna latitud. Algunas pocas afortunadas querrán saber si estoy soltero (lo estoy, pero con compromiso). Algún viejo enemigo se divertirá leyendo mis confesiones de olvido.

Algunas cartas no llegarán, lo sé. Otras tantas las tendré que enviar en una botella de cristal a mar abierto; es probable que alguno de ellos esté naufragando por ahí preguntándose cómo diablos pedir ayuda. Quizá, él no lea mi carta y use el papel para iniciar un fuego y mandar señales de humo, a algún otro viejo amigo que a su vez, irá en su rescate.

Allá irán mis cartas, por si a alguien todavía le interesan…

Anuncios

13 y martes…

…Ni te cases, ni te embarques.

En alguna ocasión ya he dicho que nací con las estrellas alineadas. Algunas veces me gusta creer en la suerte y otras veces no me gusta llamarle suerte. Pero de que la tengo, la tengo. Para otros muchos tantos, el número trece es de mal augurio; para mí, todo lo contrario. Otros creen que pisar mierda, es no ver por dónde caminas; para Serrat -y concuerdo- es buen presagio. ¿Pasar por debajo de una escalera? No chinguen, ya no tenemos 10 años. Gatos negros: ¡mis favoritos!

Y arrancamos pues: Inrrus es uno de los cinco gatos que duermen, comen, retozan y han sido rescatados en casa de mi amada LuLu. Sí, en efecto, Inrrus es un gato negro. Y es, por mucho, uno de los gatos más chidos que he conocido. (Detrás de mis joyitas Luca y Misha)

Ahora bien, Inrrus no ha tenido una vida difícil, sino todo lo contrario. Al lado de casa de LuLu hay un asilo de ancianos y de ahí proviene el gato en cuestión. Sabemos que ahí lo tratan bien, le dan de comer y un buen lugar para dormir (créanme, LuLu lo tiene bien checadito). Lo que mi novia hizo fue darle un segundo hogar, con más comida, un techo, mucho apapacho y por supuesto, la oportunidad de convivir con más animales. Inrrus ahora es parte de la casa. Aunque suele pasar las tardes de sol en el jardín del asilo, no duda en darse unas vueltas para visitar a sus vecinos-protectores. La familia de LuLu le hizo un favor a él y a la ciudad: lo esterilizaron. Se lee gacho, pero en verdad es lo mejor que puedes hacer para un animal que no tiene una única residencia. Se evitan enfermedades futuras, peleas con otros machos y por supuesto, la terrible desesperación de no tener con quien (por lo tanto, más gatitos huérfanos y callejeros).

Pues eso, Inrrus es feliz. Gracias al asilo, sí, pero también gracias a mi otra familia.

Y aquí nos saltamos con: Benito (por Benito Mussolini). Ese gato sí es canijo, ha sido y será siempre un verdadero guerrero, el Leónidas de los gatos callejeros. Si Benito, el gato, fuera hombre, sería más pinche rudo que Chuck Norris, Jackie Chan, Clint Eastwood y el Maromero Páez juntos (su nombre lo dice todo). Sus primeros 8 años de vida los pasó en la calle, comiendo residuos de basura orgánica y en peleas callejeras a cada rato. Detrás de Inrrus, Benito fue el segundo gato que llegó a casa de LuLu. Y llegó ahí porque lo perseguía siempre, buscando la oportunidad para someterlo y meterle una calentadita. LuLu se dio cuenta de esto y le empezó a poner comida, después le curó una oreja pues la traía a la mitad, seguramente por otra pelea. Se ganó la confianza del minino y después le brindó un hogar. También fue esterilizado. Y aunque en la gran mayoría de los casos esto los hace domésticos y poco agresivos, Benito ha pasado por mucho y no logró erradicar su agresividad al 100%. Aunque ahora es mucho más tranquilo, no puede convivir con otros animales. Sin embargo, Benito tiene su propia casita impermeabilizada y acogedora, un pequeño cojín para las siestas vespertinas, agua, comida y muchos, muchísimos cuidados. Es, sin lugar a dudas, el guardián de LuLu.

Maya (yo la bauticé). Ella es una gatita abandonada en la calle, cuentan por ahí que una mujer bien vestida se bajó de un automóvil del año y la dejó en una pequeña jaula rosa -muy coqueta- sobre la acera. Mi cuñada y mi novia fueron avisadas de este hecho, la llevaron a casa, le dieron hogar ‘temporal’, comida, agua y mucha confianza pues llegó asustada. Después de varios días, lograron encontrarle lo que parecía un buen hogar. Y justo en el momento de querer agarrarla para llevarla con su nueva familia, se dieron cuenta que ya estaban demasiado encariñados con ella. Imposible sacarla de esa, su casa. Cancelaron el viaje de la pequeña gatita. Ahora es la fiel compañera de mi suegro. Siempre a su lado.

Mina, el némesis de cualquier ser vivo. Esta gatita dio a luz a varios mininos en la terraza de LuLu, en la casa de Benito (que en un principio pertenecía a Inrrus). Mi novia, mi cuñada y mi suegra cuidaron de ella después del parto. También fue esterilizada y se volvió parte de la casa inmediatamente. No puede convivir con ningún ser vivo, sea canino, felino, paquidermo o reptil. Ella vive en su mundo y punto. Nadie se le acerca nunca, excepto quizá Benito -para joder y en algún pasado para preñarla-.

Y de ahí, de la cruza de Mina y Benito salió…….. ¡Pichus! Un pequeño felino que no hace otra cosa que sentirse perro. Y huir de vez en cuando de mi cuñada, Macs, que bien podría llamarse Elvira (con todo cariño ;)).

Y sí, a ver si mi novia no acaba como la loca de los gatos. Habrá que esperar…

Palabras clave

Haciendo un pequeño tour por las estadísticas de este nuestro blog, me he encontrado con una serie de frases o palabras que la gente teclea en diversos buscadores y han llegado a parar en este sitio: La Fuga.

He aquí una lista de las búsquedas más sobresalientes.
(Las faltas de ortografía son fallas de origen).

-Letras de canciones cambiadas por groserías.

-Nalgadas rocio

-Bla bla fieltro

-Mi tia me pego

-Nalgadas severas a niñas con cinturon

-El libro vaquero ?

-Como cambiar el cable de la plancha

-Historias d nalgadas fuertes

-Seudonimos chidos

-Vestidores publicos

-Parental advisory explicit content

-tres

-Efecto mariposa

-Te gusta que te den nalgadas tus padres yahoo

-Canción para abril o para mayo

-Monos con pistolas

-Colocar boca abajo a mi hija para nalgadas

Y la ganadora en esta ocasión:

Quiero señorita nalgadas chile marzo 22

Locura y viceversa

Anécdota en el parque, con Hostia. De las primeras veces que la dejaba sin correa. No solía dejarla sin correa muy seguido porque en alguna ocasión atrapó a un indefenso pájaro, y aunque logré rescatarlo sin daño alguno, tanto el ave como yo, nos llevamos un buen sustito. A veces también juega con niños con una inocencia bastante agresiva. -Ahora se comporta de maravilla, aunque es de fácil distracción no nos quitamos el ojo de encima y la neta, es muy obediente-.

El caso es que, cercano a una de las jardineras donde Hostia estaba retozando, había un ‘borrachín’ sentado haciendo lo suyo: o sea, nada, borracheando. Él, aunque bien vestido, también estaba un tanto descuidado: cordones sueltos, bragueta abajo, camisa desfajada y manchas de tierra en las rodillas. En un segundo fugaz, mi mente en automático jala creatividad e imagino lo siguiente: Hostia se le acerca, lo huele inocentemente, tratando de reconocer ese agrio olor a aguardiente de un par de días atrás. Él, temeroso de los caninos y reaccionando sin sentido sobrio, le suelta un cachetadón a Hostia, haciéndola aullar un poco y alejarse aprisa por tremendo tortazo y susto. Yo, encolerizado, me acerco de un salto hasta la banca del teporocho mendigo y con la correa de Hostia (cadena de metal, gruesa, ruda anti-borrachos) le propino una tremenda calentada que no da ni tiempo de meter las manos. La gente grita, se acercan y me separan casi con la misma violencia que yo traía en cada célula… Nada, todo lo imaginé. Hostia seguía por ahí cerca, sin siquiera llamar la atención del borracho en cuestión.

De pronto veo que él comienza a pelearse con alguien imaginario: le grita, lo empuja, lo insulta, intenta patearlo (creo que no le atinó), mueve las manos como si le estuviera jalando los cabellos. Se pone colérico, casi parece que se le va a bajar la peda… pero no, se cae aún gruñendo y maldiciendo. Todos volteamos a verlo, nos llama la atención tanto disturbio de una sola persona ebria, tirada en el piso y gritando. Es muy evidente que todo está sucediendo en su imaginación. Se calma un poco, después de dos intentos logra ponerse de pie y sentarse nuevamente en la banca, aún murmurando palabras casi imperceptibles. Cada quien vuelve a lo suyo, Hostia y yo seguimos nuestro camino.

Y entonces me quedé pensando: ¿Quién coños es el chiflado? ¿El tipo que lo hace con ademanes, palabras en voz alta y gesticulaciones o yo que le brindé un emparedado de nudillos y una ensalada de cadenazos en mi imaginación, sin siquiera mover un dedo?

 

Nota: agradezco la imagen a Andrés.

Demasiada TV

Nunca, léanlo bien, NUNCA dejaré de ver televisión. Soy fan de muchas series y tengo en lista de espera otras tantas. Películas, TODAS; la que esté en turno me la aviento, esté empezando o vaya a la mitad. Por supuesto, he repetido muchísimas películas: por buenas, legendarias, churros, balaceras, bizcochos, héroes, escenas memorables, frases inolvidables y un largo etcétera. También me encanta el sarcasmo de las caricaturas ‘para adultos’. Sé que la TV en realidad no es algo positivo… aunque depende de la definición con que se mire. También leo libros ¿eh?, y escribo cuentos, guiones y blogs. En repetidas ocasiones he pintado (pasión escondida, jamás mostrada). En fin, mi tiempo libre no sólo se lo dedico a la caja negra, pero sí, he visto demasiada televisión.

Lo que nos lleva al siguiente punto: disfruto ser un paranoico de una secuencia de persecución, espionaje y conato de balaceras. En muchas, muchísimas ocasiones me he puesto a pensar en la ruta de escape más próxima de cualquier sitio: sea un centro comercial, un supermercado, un embotellamiento, un salón de clases o un edificio gubernamental. Me he aprendido cantidad de placas de autos ‘sospechosos’. Cuando miro a un transeúnte misterioso, inmediatamente pienso cómo lo describiría ante las autoridades correspondientes, es decir, preparo el retrato hablado en mi mente. Me he simulado, mientras estoy en el tráfico, que estoy siguiendo a alguien sigilosamente, qué debo y qué no debo hacer para lograr el objetivo… Y todo, porque he visto demasiada televisión.

Me gusta sentir que soy Jack Bauer o Jason Bourne (¿a quién le apuestan en este tiro?). Siempre he sido así, desde mi infancia. Cuando era un imberbe, me gustaba recrear secuencias de acción de las películas policiacas más bizarras. Recuerdo que, únicamente cuando veía estas películas yo solo, le ponía pausa justo después de la escena que más me gustaba y la actuaba de nuevo, con pistolas de plástico y muchas veces delante de un espejo, retomando diálogos o fingiendo riñas con la almohada… confieso que también llegué al grado de conquistar a una que otra femme fatale con los mismos métodos (almohada y espejo). Y claro, porque he visto demasiada televisión.

Me gusta pensar que mi reloj (Casio, de calculadora) es una especie de GPS con videollamada y láser. También, que mi automóvil tiene dispositivos para lograr invisibilidad ante radares militares (o alcoholimetros, en su defecto, aunque con poca fortuna). Me imagino que soy un polígrafo humano, detectando ipso facto mentiras y calumnias (aunque sea la chica de algún Centro de Atención a Clientes de Telcel). Sobra decir que, aunque jamás lo haya puesto en práctica, sé conducir sin margen de error en situaciones límite (James Bond o El Transportador, me hacen los mandados). Y sí, en efecto, porque he visto, veo y veré demasiada televisión…

Me voy, empieza Arma mortal en diez minutos.

*Nota al pie: De las balaceras más picudas que haya visto en pantalla grande: Heat de Michael Mann.

Temporada de mandarina.

A escasos 10 metros del portón principal de mi casa, hay un par de locales que tiempo atrás estaban desocupados. A mediados de octubre del año pasado, ambos se rentaron. En un local pusieron una tortillería y en el de junto, una verdulería. Inevitablemente paso por ahí siempre, recibiendo el cordial saludo de los mercaderes vecinos: costumbre de pueblo (aunque arrastrado a la gran capital por la mancha urbana).

Pues bien, un buen día de resaca en diciembre, me di cuenta que en la verdulería también hacían jugo de frutas para llevar; y debido a la irremediable sed que traía, compré un litro de delicioso jugo de mandarina. Resultó ser, sin la mayor duda, uno de los tres mejores jugos que he bebido en toda mi vida. Y así, me hice casi-adicto al jugo en cuestión. Le compré tanto y tan seguido que ya de plano me lo tomaba ahí con él, platicando siempre, fumando a veces o piropeando a discreción. Nos hicimos cuates, pa’ acabar pronto.

En una de tantas pláticas, el vendedor en cuestión, me platicó de su pueblo natal. Él nació en un pueblito llamado San Miguel Zozutla, en Puebla. Y aquí surgen dos vertientes interesantes: el nombre de nuestro personaje y una tradición -ahora olvidada- de su pueblo.

Pues bien, en lo que parecía una tarde de resaca como cualquier otra, el juguero me confesó su nombre: Pituano Sánchez Moreno. Don Pituano, pa’ los cuates. Como era de esperarse, me salió jugo de mandarina de las fosas nasales en cuanto me dijo el nombre. No lo pude evitar. Pero contrario a cualquier persona, Don Pituano no golpeó mi rostro; se echó a reír conmigo. Y a partir de ahí me contó varias anécdotas de su pueblo natal, y sobresale una: Cuando él era un imberbe, en el pequeño pueblo hacían un pan tradicional llamado Xupas. Y las llamadas Xupas venían en diferentes presentaciones: rompope, dulce de leche, nuez y… anís. Sí, en efecto, vendían Xupas de anís. Increíble. Estuve a punto de no contenerme y abrazarlo, en agradecimiento por una verdadera joya anecdótica… Don Pituano probando las xupas de anís.

En fin, han pasado los meses y no lo he visto más por el rumbo. Ahora hay una mujer atendiendo en el local, supongo que es su hija pues guardan cierto parecido. Confieso que me ha dado pena preguntar: ¿Eres hija de Don Pituano?. No quiero que lo tome a burla y mucho menos quiero adentrarme en una realidad para la que no estoy preparado…: “su nombre no es Pituano, se llama Enarino”.

Un abrazo afectuoso a Don Pituano, donde quiera que se encuentre…

Cambio de familia.

Yo FUI fan absoluto durante muchos, muchos años de la familia más famosa de la TV; tristemente hoy, salgo del clóset de la resignación y termina oficialmente mi fanatismo a Los Simpson.

Durante casi 15 años me supe todos los nombres de los personajes y su participación en el programa. Aún puedo citar con orgullo muchísimas frases de la serie, incluso, recordar anécdotas animadas como si fueran mías. Pero debo reconocer que ahora, ya no me gustan nadita.

Tengo cierto recuerdo de haber empezado a vincular el rechazo a la serie cuando se dio el problema con los actores de doblaje en México (encabezados por el profesor Humberto Vélez) hace 7 años. Haber cambiado el 98% de las voces fue para mí, el comienzo del fin.

Yo prefiero y por mucho, ‘la vieja escuela’. Y ahora me doy cuenta que la serie está enteramente dirigida a otra audiencia, aquella que tiene por ideales a Lady Gaga, Bieber, The Big Bang Theory, Anahí, y un laaaargo etcétera.

En fin, ya no me gustan y punto. Prefiero ver una repetición de Family Guy (en idioma original, por supuesto) que un capítulo de estreno de Los Simpson. Nunca creí decirlo pero es cierto.