Ha llegado a este espacio la anécdota más platicada del fin de año 2007. Algo que ha marcado mi estancia en Barcelona y por increíble que parezca, también ha provocado más equilibrio en mi vida.
Érase una vez… un frío diciembre del 2007. Millet venía a Barcelona a ver el partido Real Madrid-Barça. Aprovechamos esta ocasión para salir de un apuro emocional que nos venía estorbando desde hace tiempo… digamos que nos sacamos la piedrita del zapato. Si no mal recuerdo, Millet llegó un jueves por la tarde. Venimos a mi casa a dejar su equipaje y nos encontramos acá con Billie. Comenzamos el precopeo con gran entusiasmo y mucho rock. Únicamente nosotros tres.
Ese día era la fiesta de Navidad de mi escuela. Así que nos fuimos a aquel bar a festejar el inicio de las vacaciones decembrinas. De camino, nos dio ganas de mear. Perdonen mi francés pero es cierto. Aunque claro, tenemos la gran ventaja de ser hombres. Así que un pequeño parque y un árbol fue lo único indispensable en ese momento para hacer de las nuestras. Obviamente ya veníamos algo servidos, así que nos importó poco lo que alguien pudiera pensar.
Gracias a que soy una persona muy bien ubicada y tengo una brújula en medio de las cejas, nos dimos una perdida de más de treinta minutos. El bar estaba a escasas ocho cuadras de mi casa pero el camino fue más largo que el de Dorita hacia Oz (con el mago, no la cárcel). Llegamos pues al bar y bebimos más y más. La noche pintaba bien, buena música (aunque un poco oldie) pero cantábamos y bebíamos al unísono. El fin de semana tenía buen arranque. Nadie nos podía detener. Excepto claro, el horario. Es decir, el bar comenzó a prender las luces y empezamos a escuchar esa música que ponen los bares para sacarte de manera educada. Antes de esto, nos habían dado invitaciones para otro bar, al lado de éste, para seguir la fiesta con la gente de la escuela. Así que ahí vamos, al bar de al lado (omitiré nombres para no salir perjudicado).
Como era de esperarse, había un mogollón de gente esperando entrar. Y para colmo, había cadena. No es que te “seleccionen” entre los más bonitos para que puedas entrar, pero sí hay que hacer fila y esperar como la gente decente. Pero no, éramos tantos que la fila era imposible. Millet y yo con un poco de corpulencia, nos hicimos espacio para llegar al principio de la cadena, frente a frente con el singular cadenero. Acompañados de Billie, quien por cierto, logró colarse al inicio de la supuesta fila para entrar. El amable cadenero nos pidió que nos formáramos, Billie estaba al inicio de la fila, pero Millet y yo estábamos a un lado de él y no atrás.
Comenzó a llegar más gente, lo que provocó que práctiacamente le cayera encima al cadenero. Éste, con una actitud un tanto imponente, nos empujó a todos tratando de guardar orden. Yo intenté hacerme para atrás, pero era imposible, la gente no dejaba de llegar a formarse y todos queríamos entrar. Por segunda ocasión, mi ligera corpulencia estaba encima del cadenero que nomás no dejaba pasar a la gente todavía (creo que el primer mundo no existe para los cadeneros, es el mismo perro con diferente collar). Pero en esta ocasión, el tipo se lo tomó demasiado personal. Me dio un empujón y me fui para atrás a punto de caer al suelo junto con otros que estaban detrás mío. Y eso sí, no me pareció. Ahí se fue todo al carajo. Comencé a gritarle hasta de lo que se iba a morir, cara a cara sin ninguna flaqueza. Apareció Millet entre el cadenero y yo. Me agarro de la playera intentando calmarme, lo normal vaya. Pero no, él sólo quería que no me metiera, pues Millet quería defender a su hermano menor (yo). Así que pasó a ponerse nariz contra nariz con el sensible caballero de seguridad. Yo por mi parte, seguía rezando groserías y maldiciendo al que me había empujado momentos atrás.
De pronto, Millet lanzó un pequeño y acertado codazo al rostro de nuestro ahora rival. Éste cayó al suelo y, después de reincorporarse, entró al bar sin siquiera mirarnos de reojo. Nosotros sabíamos que ya no íbamos a entrar, así que salimos de entre la gente dispuestos a marcharnos y olvidar lo sucedido. Avanzamos unos cuantos pasos y de pronto, notamos que el cadenero había regresado, al parecer no había quedado convencido que Millet había soñado con ser luchador profesional desde su infancia. Así que, yo aún en mis cabales, me quité los lentes y los guardé en el bolsillo izquierdo de mi chamarra (y hasta subí el cierre pa’ que no se salieran), me giré mi preciosa y afortuanda gorra de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band y caminamos hacia el tumulto de gente que empezaba a ovacionar a este trío de valientes.
De entre la gente salió el cadenero, justo lo que esperábamos. Pero salió con seis compiches más… y ahí sí valió madres. Pero ya estábamos ahí, frente a frente y con la gente vitoreando nuestros nombres (en cámara lenta). Ya no podíamos (ni queríamos) rajarnos. Sólo nos quedamos apretando las mandíbulas y a punto de comenzar una batalla al estilo 300 (pero con 297 menos) en mitad de la acera.
Recuerdo que uno de ellos se acercaba a mi con mucha decisión. Yo tiré mi brazo para atrás y dejé ir con toda mi fuerza el puño cerrado hacia su suave rostro. Después de acertar el golpe, terminó todo para mí. Me llovieron emparedados de nudillos a la chabeta hasta terminar al lado de unos contenedores de basura. Quiero aclarar que no lograron tumbarme, me sentí como Robert De Niro en Raging Bull (guardando proporciones).
La gente intentó detener la pelea. Pero Billie fue el único que lo logró. Recuerdo que de reojo vi caminar a Billie detrás de los contenedores y no entendía por qué. Y es que él se había escurrido de entre los rivales, ileso, para después detener a los 7 jinetes de nuestro Apocalipsis (a fin de cuentas con él no era la bronca). Las cosas se fueron calmando, pero justo antes de concluir por completo, uno de éstos jijos me arrebató la gorra la cabeza. Pero ya no estaba yo en condiciones de reclamar nada, cargaba con unos cuantos puñetazos en la cabeza y no sabía ni quién me la había quitado. Ni modo, estos daños colaterales suelen pasar.
Había ya finalizado la batalla, perdida para nosotros y nos quedamos muy cabreaditos… pero la noche aún era joven. Así que ahora sólo faltaba olvidar lo sucedido. -Vamos al Razzmatazz- dijo Millet. No lo dudamos ni un segundo. Seguimos la fiesta, ya nada importaba…
jajajajajaja que salvajes! eso de “la gente civilizada habla las cosas” sólo funciona para gente civilizada no?… jejeje me he reído mucho, tu anécdota suena chistosa, pero adivino que en la realidad no lo fue tanto.
Un besote!
Pues sí que era comentada la anécdota. Millet ya me había platicado palabra por palabra y suena a lo mismo:
Pinches borrachos!!!!!!!!!!!
Besos de apapacho a cara golpeada…. jejeje
Pfffffff nada como revivir esos hermosos momentos, me parece que cabe mencionar que el cadenero era un pelon, con chaleco de piel, y cara de maleante, tambien que millet perdio su abrigo en razz matas, y que fue una noche super guay!!!!
Espero una segunda parte de este maravilloso fin de semana.
p.d. recuerda que el dia anterior tambien fuimos al razz
p.d. el chikichiki mola mogollon!!!!!
Gloriosa anécdota en tierras catalanas; prometo volver pronto para revivir todas las glorias de ese corto pero nutrido par de días (incluso omitidas en este post pero que no balconearé). Abrazos a todos los involucrados.. y más al Billie que nos salvó de la sozobra total.