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-Chaparrita, voy a llegar más tarde porque vamos a ir al cine. Te quiero mucho, cenas rico. Besos.

-La abuela ya va en camino Hostia, no te desesperes. Un besote, te quiero!!!

-¿Quieres ir a casa de mamá a jugar? Ahorita paso por ti, vete arreglando. Besos

-¡Ni te imaginas lo que te compré! Es la hostia… jaja. Te adoro chaparrita!!.

-Te extraño muuuucho!

-Estoy en el tráfico atorado, ojalá estuvieras conmigo (pero vomitas mi tapete) Jaja te quiero!!

-¿Qué haces? Seguro que mordiendo alguno de mis tenis ¿¿verdad canija??

-Estoy en la playa y te extraño un chingo mi chaparrita hermosa. Muchos besos!!

-Ya voy para allá y voy con mamáaaaaa!!! Te queremos!!!

-¿Te puedes fijar si ya se acabó la carnaza?

-Adiós mi chaparrita, no llores por tu Pancho, que si se va del rancho, muy pronto volverá…

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De paseo por las nubes

Ando suavena: Dícese del carnal que la está pasando a toda madre TO-DOS-LOS-DÍ-AS.

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A Hostia, por hacer de mi algo increíble.

A Lucía, por hacer esta vida increíblemente más chida.

“Dar es amar,
dar prodigiosamente
por cada gota de agua
devolver un torrente…”
-Miguel A. Asturias- CAUDAL

Un buen día, LuLu (de gran corazón), estaba en su habitación cuando escuchó el llorar de un cachorrito. Apresurada fue a la guardería que está al lado de su casa y les preguntó por el perrito que lloraba. Una educadora -poco humanitaria- le dijo que era de ella y que estaba en la azotea. LuLu subió y vio una pequeña caja cerrada con un hoyito y seguía el continuo llorar del perrito. LuLu reclamó a la educadora que abriera la caja; en ese instante un rayo de luz entró en las pequeñas e ingenuas retinas de la cachorrita. Al lado de esta caja había otra con las mismas características. También fue descubierta otra perrita. LuLu le dijo a la doñita que iban a quedarse en su casa y cuando se fuera le tocara para recogerlas, y así no estarían encerradas en la azotea sin comida ni agua.

Y así fue: LuLu se las llevó a su dormitorio; les puso comida, agua y una mantita para que se echaran. Pasadas las horas laborales, Gabos llegó a casa de su amada LuLu. Ésta le platicó la infortunada historia de las perritas y se las presentó. Ambos regresaron a la guardería con las perritas para devolverlas. LuLu le hizo prometer a una de las educadoras que la perrita que se iba a llevar la atendiera con mucho cariño, espacio, comida y salud. Y a mitad de la plática surgió que la otra perrita no tenía hogar asignado aún, entonces LuLu le sugirió a Gabos que él se la quedara para su casa, pues éste ya tenía muchas, pero muchas ganas de tener una cachorrita. Gabos pensó para sus adentros, en una fracción de segundo, las posibilidades de que esto sucediera. Inmediatamente, Gabos se dio cuenta que en el momento parecía imposible llevar a cabo la acción humanitaria (tanto para el perro como para él mismo). LuLu le dijo a la educadora que ella se la quedaba para buscarle un buen y merecido hogar. La educadora, con o sin autoridad sobre el tema, accedió.

Pasados unos minutos, LuLu dejó a la pequeña perrita en brazos de Gabos, mientras ella hacía las llamadas para encontrarle una familia adecuada. Surgió una buena oportunidad: una señora de la tercera edad con una hija con deficiencias en sus capacidades mentales. La señora es amiga de la familia de LuLu y confiaba mucho en ella. Esa misma noche, la señora en cuestión fue a recoger a la indefensa cachorrita. LuLu le hizo prometer a la señora y amiga que la cuidara mucho y que le diera mucho amor. Y cualquier inconveniente, que se la regresara.

Pasó casi un mes. La señora llamó a LuLu y le explicó que no podía quedarse más con la perrita debido a la ajetreada labor de cuidar a su hija. LuLu le comentó esto a Gabos y ambos emprendieron nuevamente un pequeño viaje para recoger al can. Y así fue: llegaron por la perrita que habían visto hacía un mes. Ésta los saludo como si los conociera de toda la vida, a fin de cuentas LuLu la salvó de lo que probablemente era un destino poco fortuito. Estuvieron con ella unos minutos y después, a encontrarle hogar. Durante el camino de regreso a casa, LuLu insistió a Gabos quedársela; hablar con su papá y resolver las diferencias para poder tener una mascota. Gabos no dejó nunca la esperanza a un lado y el tema le siguió dando vueltas toda la tarde… Gabos, sin decir palabra alguna a LuLu, se quedó pensando en las pláticas previas que había tenido con su familia y el esfuerzo sobrehumano que su hermano había hecho como labor de convencimiento… callado, pensativo, como quien espera a su otra mitad en medio de una estación de tren.  

Y llegó el momento: Gabos estaba ahora convencido que esa misma perrita que había cargado en brazos un mes atrás, había regresado a él por una cuestión, sea destino o sea suerte de haber cruzado caminos (tanto del perro, como de él mismo). Gabos habló con su papá: le ‘exageró’ un poco la situación, sin omitir detalle en la historia de la perrita, pero sin aumentar desgracias. El papá de Gabos (de gran corazón), accedió sonriente a la propuesta: esa misma noche la perrita se quedaría a dormir en casa para conocer a la familia.

Gabos le contó esto a su familia, incluída su amada LuLu, todos y sobretodo ellos dos, se emocionaron mucho. Ahora las posibilidades de hacer un sueño realidad se estaban materializando.

Y llegó la noche. El papá de Gabos conoció a la pequeña perrita: su sincera sonrisa y la satisfacción de hacer feliz a su hijo una vez más, fueron razón suficiente para darle la merecida bienvenida al nuevo miembro de la familia. Ahora había uno más en esa casa; que más que casa es un hogar. 

La perrita llevará por nombre Hostia. Y tanto ella, como LuLu, Gabos y el resto de la familia, son verdaderamente afortunados de tenerse los unos a los otros… hasta que la carnaza los separe…

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Monólogo en sobremesa

Todo empezó cuando mi mamá hizo un comentario en referencia a mis aretes y mi cabeza rapada: -te ves muy rudo así- dijo con cierta picardía. Y entonces, un amigo de un amigo de mi madre que nos acompañaba en la comida, empezó un monólogo que traía ganas de soltar desde que tomó asiento.

Pues es la moda. Ora ya ve usté joven los chavos que se rapan así y traen tatuajes en la cabeza. En mis tiempos era traer la mata larga y copete peinado, como Elvis. Yo traje mucho tiempo la mata larga. Pero son los tiempos de cada quien y se aprenden de las caídas. Porque, con el respeto de su mamá y de su casa, por mucho que le digan, nomás usté va a aprender de sus propias caídas. Si le dicen que se ponga el pelo así o de otra forma y usté no quiere… no importa. Porque nomás con sus caídas aprende uno. Yo tengo mis hijos también, y siempre que me preguntan algo de qué opino o qué pienso… yo les digo: “perdóname hijo, pero ese es problema tuyo. Tú y sólo tú vas a poder aprender de tus propios errores, yo ya aprendí de los míos y ahora te toca a ti”. Es que me cae que donde se aprende más es en la calle. Yo fui un niño de la calle. A mí mi familia nunca me aceptó y yo tuve que hacer mi camino en la calle. A los diez años ya estaba dando yo el rol en Acapulco. Por ahí de los 16 estaba en Veracruz. Luego, como a los 18 estaba en Chihuahua. Pos imagínense cuánto no aprendí yo… creciendo en la calle. Es como un niño chiquito, la mamá le dice “te vas a caer”. Y el niño sigue dando vueltas y jugando por ahí, hasta que se cae. Y la mamá: “te lo dije”. Pero el niño o la niña no iba a aprender por eso, sino cayéndose. Es como Cristo. Cuántas veces se cayó cargando la cruz y se levantaba. Hasta el final lo ayudaron. Pero así, uno solito va a aprendiendo. Y de todos aprende uno. Los padres de uno le dicen: “esa novia no te conviene” o “esos amigos no me gustan”, pero a fin de cuentas uno los escoge y de todos aprende uno. Porque hay amigos malos y buenos, pero todos lo educan a uno. Yo me eduqué fuera de mi familia, porque siempre fui rechazado; pero no odio a mis hermanos ni a mis papás, pido por ellos. Pero ellos no me educaron, yo me eduqué en la calle. Una vez le dije a mi hermano, el mayor: “gracias carnal”. Y me dijo: “¿por qué?”. “Porque no me ayudaste ni me diste nada…” Y él me dijo: “pero eso no se agradece”. Y yo le dije: “claro que sí, porque si tú me hubieras ayudado yo no hubiera aprendido todo lo que sé…” (risas) Pero así es, de todos lados se aprende. Yo tengo 66 años y durante todo este tiempo he estado macheteandole para ganarme el pan y aprendiendo; porque uno no deja de aprender nunca. Yo los veo a ustedes: a usté y su hermano. Veo cómo lo abraza. Ya hubiera querido yo que mi carnal me abrazara así, pero no… yo viví otras cosas. Pero ahora los veo a ustedes y también aprendo. Ustedes no se dan cuenta pero yo ahorita aprendí de ustedes, por cómo su hermano lo abrazaba usté. Y no es que quiera acaparar yo todo, pero ustedes me invitan a comer mis sagrados alimentos y yo lo menos que puedo hacer es retribuirles con algo, aunque sea con algo que yo sé… con lo que he vivido. ¿Y se acuerda joven, cómo empezó esta platica? Por los tatuajes en la cabeza… pero está todo conectado. Uno aprende de sus propias caídas y nunca deja uno de aprender en esta vida. Y perdonen si hablé de más, pero compartir siempre es importante. Y todos tenemos una misión en la vida ¿eh?. Nosotros los adultos tenemos que compartirlo con los jóvenes que vienen y ustedes harán lo mismo después. Si viera joven yo con cuantos platico… hasta  a los psicólogos los pongo en su lugar. Porque ellos son teóricos y yo soy práctico. Yo no estoy leído, yo aprendí de la práctica…  No estamos solos y hay que dar, dar, dar y dar… porque al final, no te llevas nada al otro lado.

Todos somos Marcos

Ya estoy harto de sentarme a escribir y no salga nada que valga la pena publicar. Ya estoy harto de nunca encontrar una película majestuosamente prometedora en la cartelera. Estoy harto de hartarte con mil y un besos. Estoy harto de las clases que no valen ni el paseo. Estoy harto de que no haya leche fría en el refrigerador. Estoy harto de sentarme a sentirme como me siento cuando me siento. Estoy harto de los bauchers. Harto de que te cobren mucho por un internet deficiente. Definitivamente harto de estar harto. Harto de tener que dar una monedita al errante vagabundo romántico que se pasea por el espejo retrovisor. Harto de tener que pensar antes de actuar. Harto de no actuar como me gustaría. Estoy harto de que el mundo gire a mi alrededor. Estoy harto de ti, harto de mi, harto de él, harto de ella, harto de nosotros, harto de ustedes, harto de ellos. Harto de tener memoria en el alma. Harto de no poder enseñarle al corazón acerca del olvido. Harto de tener en borradores todo lo que escribo. Harto de no encontrar la terapia adecuada. Harto de ‘tener que hacer’. Harto de tener miedo. Harto de aprenderme matrículas. Harto de no encontrar estética en mis letras. Harto de intentar ser y no ser ni la mitad. Ya estoy harto de los adioses que maquillan un hasta luego. Harto de los nunca que esconden un ojalá. Harto de jugar al corazón roto. Harto de las pilas que me hacen trasnochar. Harto de imaginar. Harto de usar códigos por miedo a estar expuesto… o miedo a sacarlo por completo. Estoy harto de sentir lo que no debería estar sintiendo. Harto de no tener a Hostia. Estoy harto del miedo que te tengo. Harto de parecerme cada día más. Harto de hacerme cada vez menos. Estoy harto de no fumarme contigo ‘el de la despedida’. Harto de no tomarme una caña a tu lado. Estoy harto del virtuosismo enjaulado. Harto de no verme en la bola de cristal. Harto del eterno retorno. Estoy harto de mi envenenada medicina. Estoy harto del destino equivocado. Ya estoy realmente harto de mi cuando no soy yo. Harto. Harto. Harto. Harto. Harto de usar siempre las mismas palabras para intentar decir siempre lo que no me atrevo a decir nunca.

Yo escribo siempre la misma canción

con pocos amigos y más besos

con más sangre en punto de ebullición,

y escribo siempre desde los huesos.

 

Yo canto siempre la misma canción

de botellas vacías y mal de amores

con mucha despedida y poca razón,

aprendiendo cada día del pecado y los dolores.

 

Yo sueño siempre la misma canción

de la vida que dura muchos años

y se queda corta en el corazón.

 

Yo empiezo siempre la misma canción

robándome ideas de otro genio

tatuadas en el alma de carbón

sudando las letras por el miedo.

 

Yo invento siempre la misma canción

sentado frente a un espejo hueco

en el purgatorio está mi corazón

y mis demonios haciendo eco.

 

Yo termino siempre la misma canción

a punto de abrirme las venas en la tina

omitiendo las leyes de la razón

desahogando la esquizofrenia de la rutina.

 

Yo sueño siempre la misma canción

de la vida que dura muchos años

y se queda corta en el corazón.

Dos mil nueve

A mí los propósitos no me funcionan. Yo prefiero ser del tipo: si puedo lo hago, si no, no. No quiero firmar nada (pa’ empezar ni pluma tengo) Pero hice una lista mental de las cosas que me tienen que suceder este año para sentirme realizado y aquí la transcribo:

-Hacer el cortometraje de Pancho (aún sin título)

-Empezar a hacer presupuesto del cortometraje del payaso (aún sin título)

-Una mariposa en la espalda (perdón jefecitos)

-Tener una perrita que se llame Hostia.

-Ir de vacaciones a Costa Rica.

-Empezar a escribir el cuento largo (novela corta) que tantas ganas le traigo.

-Ver de campeón al Barça de mis amores.

-Mojarme más cuando llueva.

-Vomitar a dos que tres demonios del miocardio.

-Sonreír menos en las fotografías (es decir, adoptar un rostro fotogénico)

-Llevar a LuLu a mi Coatzacoalcos querido (nunca te podré olvidar).

-Tronarle un beso a Marisa (qué pinche falta me haces… incluso en estos tiempos, veloces como un Cadillac sin frenos).

-Pintar y pintar y seguir pintando (el expresionismo abstracto es la hostia).

-Tomar muchas fotografías.

-Empujarme ese pomo de ron que ya me está haciendo ojitos (gracias LuLu).

-Una escapadita a Huasca no estaría nada mal (Familia Egea-Juárez: ¡queremos ir!)

-Seguir comprando girasoles y tulipanes y recibir besos a cambio.

*Y todo lo que mi destino errante quiera poner de su parte.

“Estar contigo o no estar contigo
es la medida de mi tiempo…
Me duele una mujer en todo el cuerpo.”
Jorge Luis Borges

Dime qué cosa me hiciste, que no te puedo olvidar…

Echarte de menos es lo peor y lo mejor que me ha pasado. Lo peor porque me siento incompleto, amputado. Lo mejor porque la cuestión es contigo.

¿Por qué nos da pena decirnos que nos amamos frente a las gentes? Quizá porque creemos que no entenderán nuestra locura. Cada quien vive su locura a su paso. Y sí princesa, yo estoy enamorado de ti. Y sí princesa, me faltan un par de tornillos.

Incluso me cohibe publicar este post, no lo niego. Pero si tuve los huevos para acercarme al precipicio que lleva tu nombre, ¿por qué diablos no tendré los huevos para expresarlo? Es algo personal, íntimo, no debería contarlo y sin embargo, aquí estoy, desnudo de alma y con todas las ganas de gritar desde mi balcón la falta que me haces.

Tu perdonarás, pero cuando no estás me vuelvo insoportable: mi casa parece una oficina, mi cama parece de hospital. (Ya lo sabemos, soy un exagerado en todo. Pero también en quererte.) No sé qué me pasó esta vez, pero te extraño de una manera poco entendible y poco soportable.

 

 

Estaría bueno un velorio con banda y un chingo de cervezas; nunca me ha tocado estar en un velorio feliz; ¿los habrá?… Definitivamente Dionisio era una artista, siempre queriendo exagerar el camino de sus pasos detrás de los excesos; yo por ejemplo disfruto de ciertos excesos y eso que estoy perfectamente consciente que cualquier exceso puede llevarte a la decadencia… pero al loro: ¡que el destino es un maricón!… ¿Qué le podría pasar a Pancho antes de recibir la notica de hacer de su vida lo que le plazca? No sé, sólo me lo imagino sentado, más anciano que nunca, en su sillón rojo desgastado, con la frente marchita y delante de una ventana ‘quemada’ que nos impide ver hacia afuera… “que venga la policía y nos quite lo bailao”… Sin exagerar, el final de Los Soprano es de mis finales favoritos… y el de There Will Be Blood… ¡Qué huevos! Yo quiero un final así; ¿cómo será mi final?… Todavía tengo la quemada de cigarro en mi mano… tengo que llevar el coche al taller… ¡puta! si hiciera una lista de cosas que todavía tengo que hacer… Algún día por ejemplo, tengo que hacer el corto del horizonte lejano… Alguien se rifaría si me regalara una suscripción a Algarabía… Me ha pasado mucho el no poder sacar lo que tengo en la mente, me cuesta trabajo digerir lo que estoy sintiendo a la hora de sentarme a escribir, quizá me falta un ejercicio de sacar todo lo que trae mi cabeza y como vaya saliendo, sin importar si tiene sentido o no… me quedo pensando y escogiendo las palabras precisas para desenvolver la mente a punta de letras, me cuesta mucho… ¿Qué será de Fey? Seguro ya está ruquísima… Me gusta el color verde, como que le da sentido a muchas cosas, sobretodo a aquellas que pasan como hojas de libros sin leer… ¡Qué genio el de Úbeda!… Me gustaría conocer más de Andalucía… Seguro ya está bien dormida… ¿Te das cuenta que nomás te ha contado dos sueños?… ¡Pa’ su mecha! El otro día soñé que me peleaba con alguien y no le podía golpear el rostro, nomás le daba en el abdomen, pero hacia la cara no me salían los golpes con fuerza; yo creo que es respeto, no lo sé… Hace mucho que no escribo sueños en mi libreta, hoy la dejo en la mesita de noche por cualquier gallo que me despierte… “¿Amaneciste con el culo pa’l ciruelo?”… alivio de luto, caderas, mal de amores, puta, chingar, ipso facto, soledad, cadáver exquisito… Me dan ganas, por mero ejercicio, de escribir un guión de un payaso para una presentación en una fiesta infantil, a ver si en un día de ocio empiezo… Yo creo que sí es posible tener ‘demasiado corazón’, pero así: demasiado… si hay algo en esta vida que sé regalar, son películas, tengo como un don para saber el gusto de las personas… ¡naaaa! quema mucho el sol… y hablando de eso, el otro día le sacaste a seguirle al albur con el mesero, andas oxidado mano, se nota a leguas… seguro que todos hablamos solos ¿no? dudo mucho que sea el único pendejo que se la pasa chido hablando conmigo mismo… ¿conmigo mismo? ¿está bien dicho? total… mi cuento de momento empieza bien…

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Nota: Sigue leyendo si eres mayor de 18 años o bien, si estás acompañado de un adulto. Y si eres adulto, no sigas leyendo si no te gustan las malas palabras (que de malas no tienen un carajo).

Fito me hizo pensar cuando preguntó: ¿En cuántos idiomas le puedes mentar la madre a alguien? Y el otro día mientras avanzaban las horas de una pesada jornada, me di cuenta de cuánto te puedes desahogar al pronunciar palabras altisonantes, tienen de verdad un poder curativo inimaginable.

-¡Chinga a tu madre!- le gritaba un chofer de pesero a un policía por haber bloqueado una calle…

-¡Te pasas de pendejo!- me gritó un taxista al cometer la infracción de pasarme un semáforo en rojo. 

-¡Pinche bola de ineptos!- le dijo un cliente a uno del personal de una conocida compañía telefónica de nuestro país.

-¿Qué chingados me ves pendejo? Así nací… -Pensé para mis adentros cuando un adolescente me miraba altaneramente en un alto. (¿Por qué chingados la gente te ve feo en los semáforos?)

-¡Pinche chamaco chingador váyase a jugar pa’ allá!- Le dijo un señor a su nieto (supongo) que no dejaba de joder con la pelota…

Y de verdad, estos son sólo unos ejemplos que me surgieron a la mente en este instante. Yo por ejemplo, soy una persona mal hablada, me fascina decir groserías. Me encanta usarlas mientras conduzco (generalmente las digo en voz baja, tampoco se trata de provocar altercados en mitad del tráfico de un lunes).

Siempre que puedo, aplico una grosería. Me gusta recordar la frase de Gael García en Amores Perros: -tú a mi, me la pelas-. Cuando hay chance, la digo sin dudarlo.

En algún partido del legendario Versalles (mis coequiperos no me dejarán mentir) el árbitro me marcó una falta injusta en contra. -¡NO MAMES!- le dije al instante: terminé con tarjeta amarilla por el palabrerío con el colegiado. En efecto, salí perdiendo, pero el canijo arbitro no se fue limpio.

Ahora bien, se necesita responsabilidad ética para saber dónde, con quién y cuándo decir malas palabras, eso es un hecho. Pero un chiste, por ejemplo. Un chiste siempre tendrá una calidad humorística inigualable si dentro del diálogo existen dos o tres groserías bien acomodadas:

“Dos compadres borrachos en la cantina:

-Compa… ¿qué chingados hace viendo el fondo del vaso?

-Tsss… Le estoy viendo las nalgas al diablo…

-A ver, traiga pa’ acá el vaso… (se asoma al fondo del vaso y no ve nada) Naaa, pura verga compadre…

-¡Ah! Ton’s ya se volteó…”

Todos, o por lo menos la gran mayoría de los que van a leer este post, usan palabras fuertes a la hora de expresarse cuando están rodeados de gente de puritita confianza ¿o no?

Nota al pie: Puto el que lo lea… Chin chin al que no ponga al menos una grosería en sus comentarios. Si no piensas escribir groserías, no comentes. No se agüiten, es pa’l puro desahogo.

“Y que chingue a su madre el ingeniero…”

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